viernes 29 de abril de 2011

La muerte según los niños

Los niños llevan unos meses hacendome muchas preguntas sobre la muerte a las que contesto con toda la sinceridad de la que soy capaz. Muchas veces me obligan a reflexionar sobre como integro la muerte en mi vida.

Me doy cuenta de que cuando nacemos somos plenamente conscientes de que podemos morir. Por eso lloramos desesperadamente si tenemos hambre, por eso cuando aún estamos indefensos tumbados en nuestras cunas gritamos y pataleamos: necesitamos estar en brazos de un adulto, posiblemente una necesidad ancestral, para no ser olvidados cuando la tribu se desplazaba de un lugar a otro.

Pero según vamos creciendo se nos oculta la muerte de muchas formas: comprando un nuevo pececito cuando el de siempre ha muerto; diciéndolos que el perro se ha escapado cuando no ha sido así, impidiéndonos ir a entierros de familiares o incluso no comentando que han muerto si el niño no pregunta. El resultado es que nos hacemos adultos y nos creemos inmortales viviendo como si fuesemos a estar aquí para siempre. Quizá sonreiríamos más. discutiríamos menos, si aceptáramos la temporalidad de nuestra existencia.

Perdón por el rollo reflexivo, quería compartir con vosotros una sonrisa en realidad. Hace un par de días fui a cambiar el agua de la tortuga y ¡oh! ¡se había muerto! Se lo dije a los niños y la nena, que ahora tiene 6 años lo resolvió de la siguiente manera: primero la enterró; luego pensó que debía clavar un palo en el lugar para señalizarlo; finalmente concluyó que debería poner cierta información para el futuro.

AHI HAY UN FOSIL